Los occidentales son más propensos a consumir alcohol y grasa

Según investigadores los occidentales podrían estar genéticamente programados para consumir más alcohol y alimentos ricos en grasas que los viven en el este.

Los científicos de la Universidad de Aberdeen dicen que un ADN que actua como interruptor genético que convierte los genes en o dentro de las células, es el que regula el apetito y la sed.

El estudio, publicado en el Diario de Neuropsychopharmocology, sugiere que el gene también está vinculado a la depresión.

Los niveles de obesidad han aumentado considerablemente en muchos países occidentales desde la década de 1970.

El  estudio, encontró que los europeos eran más proclives a consumir alimentos ricos en grasas y alcohol,  pero que la gente de Oriente podría terminar con los mismos problemas al adaptarse a la nueva cultura occidental.

Los científicos de la Universidad Kosterlitz Center dijeron que el interruptor controla el gen de la galanina. El interruptor controla las áreas del cerebro que nos permiten seleccionar qué alimentos queremos comer y si se enciende con demasiada fuerza es más probable que anhelemos comer alimentos grasos y alcohol.

El interruptor más débil, es más frecuente entre los asiáticos por esto esto son menos propensos a seleccionar estas opciones.

Estos resultados nos dan una visión de la vida europea antigua, donde la cerveza y los productos lácteos eran una fuente importante de calorías durante los meses de invierno. Por lo tanto, la preferencia por  alcohol y alimentos con más grasas pudo haber sido importante para la supervivencia.

Los efectos negativos de las grasas y el alcohol que vemos hoy no habría sido tan importante entonces como la esperanza de vivir entre 30 a 40 años más.

Estado emocional

Es posible que durante el invierno, las personas con el interruptor más débil, no pudieron sobrevivir en Europa y como resultado los de occidente desarrollaron una dieta alta en grasas y rica en alcohol.

La galanina también se produce en un área del cerebro llamada la amígdala, donde se controla el miedo y la ansiedad. Por lo tanto, los cambios en los niveles de galanina en la amígdala tiene un efecto sobre el estado emocional de un individuo.

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