La guayaba en 1615: una «comida regalada» que, según Ximénez, podía oler a chinches

7 octubre, 2026
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Un libro publicado en México hace más de cuatro siglos describe distintas variedades de guayaba, cuenta que se servían en la mesa y explica por qué unas eran consideradas mucho mejores que otras

La guayaba era ya una fruta perfectamente conocida y consumida en la Nueva España de comienzos del siglo XVII. Pero la descripción que quedó impresa en 1615 contiene una comparación que difícilmente encontraríamos hoy en una campaña para promocionar esta fruta.

Francisco Ximénez cuenta que una de sus variedades tenía un olor que le recordaba a las chinches.

Y, sorprendentemente, eso no impedía que se llevara a la mesa ni que muchas personas la considerasen una auténtica «comida regalada».

El testimonio aparece en Quatro libros de la naturaleza y virtudes de las plantas y animales…, publicado en México en 1615 a partir del trabajo de Francisco Hernández y ampliado por Ximénez con observaciones propias. La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes confirma tanto la edición mexicana como el carácter ampliado de la obra. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Tres tipos de guayabo

Ximénez comienza señalando que encontraba:

tres especies de guayabo.

Sin embargo, decide ocuparse únicamente de dos.

La primera tenía hojas semejantes a las del naranjo, aunque más pequeñas, flores blancas y un fruto:

redondo y repleto de pequeñas semillas.

Compara esos pequeños granos con los de los higos.

Una fruta de dos texturas

Su descripción del interior resulta especialmente interesante.

Distingue entre una parte exterior más sólida y un interior:

blando.

Es una observación sorprendentemente reconocible para cualquiera que haya abierto determinadas variedades de guayaba.

Pero entonces llega la descripción que convierte este pequeño capítulo en algo excepcional.

«Huele en cierta manera a chinches»

Ximénez intenta transmitir al lector el aroma de la fruta mediante una comparación extremadamente directa.

Dice que:

«huele en cierta manera á chinches»

No tenemos que suavizarlo: eso es lo que dice la fuente.

Sin embargo, inmediatamente después aclara que aquel olor no impedía que la fruta fuese apreciada.

Se llevaba a la mesa

El texto afirma que, pese a aquella característica:

«no es la fruta de menos estimacion»

y añade expresamente que:

«se pone en la mesa»

Es decir, estamos ante un testimonio gastronómico, no simplemente botánico o medicinal.

La guayaba formaba parte de los alimentos que podían presentarse para comer.

Una «comida regalada»

Ximénez va todavía más lejos.

Dice que para muchas personas solía ser:

«comida regalada»

La expresión es importante.

En el castellano de la época, regalado podía referirse a algo agradable, delicado o placentero.

Así que una traducción razonable al lenguaje actual sería:

una fruta considerada exquisita o especialmente agradable por muchos consumidores.

Aunque no por todos.

El propio Ximénez introduce esa salvedad.

Había personas a las que no les gustaba

La descripción no intenta convertir la guayaba en una fruta universalmente apreciada.

Reconoce expresamente que no para todos resultaba igualmente agradable.

Esto convierte el pasaje en algo casi parecido a una pequeña crítica gastronómica escrita hace cuatro siglos:

hay quienes la consideran deliciosa y quienes no.

Una segunda guayaba mucho más apreciada

Después aparece otra variedad.

Y esta parece resolver precisamente el principal problema de la primera.

Ximénez dice que producía un fruto:

mucho mayor.

Pero, sobre todo, señala que prácticamente no tenía aquel:

«grave y horrible olor»

que caracterizaba a la anterior.

El resultado era previsible.

Era considerada «más regalada»

Al desaparecer prácticamente aquel olor, la segunda variedad se tenía:

por fruta más regalada.

Por tanto, el texto de 1615 nos permite reconstruir incluso una pequeña jerarquía gastronómica entre variedades de guayaba.

Una era apreciada.

La otra, mayor y con aroma menos desagradable para el paladar europeo del autor, era considerada todavía mejor.

Ximénez estaba intentando explicar América a sus lectores

Aquí conviene recordar cómo se produjo el libro.

Francisco Hernández había estudiado la naturaleza de Nueva España durante el siglo XVI. Posteriormente Leonardo Antonio Recchi realizó un compendio de sus materiales y Francisco Ximénez consiguió una copia, la tradujo al castellano y añadió experiencias y observaciones propias antes de publicarla en México en 1615. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Por eso encontramos constantemente comparaciones con productos que un lector europeo pudiera conocer.

El aguacate le recordaba a la manteca de vaca y a las nueces verdes.

El mexocotl le permitía hablar de ciruelas y piñas.

Y para describir el olor de determinadas guayabas recurrió a una comparación muchísimo menos favorecedora:

las chinches.

Una fotografía del gusto de hace cuatro siglos

Lo interesante de estas páginas no es decidir si Ximénez tenía razón sobre el aroma de la guayaba.

Su importancia está en otra parte.

Nos permite conocer cómo percibía y describía una persona del siglo XVII una fruta americana, qué características consideraba importantes y cómo distinguía unas variedades de otras.

Color.

Textura.

Semillas.

Aroma.

Sabor.

Tamaño.

Y, finalmente, su consideración como alimento digno de ponerse sobre la mesa.

La obra original está fechada en México, 1615, y el ejemplar digitalizado por la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes procede del Fondo Antiguo de la Universidad Complutense. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Consultar el ejemplar de 1615 en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

Una fruta americana que terminaría viajando por el mundo

Cuatro siglos después, la guayaba se cultiva y consume muchísimo más allá del territorio donde la observaron los primeros naturalistas españoles.

Pero el viejo libro conserva una escena gastronómica mucho más sencilla.

Una fruta redonda y llena de semillas.

Una pulpa blanda.

Un aroma que dividía opiniones.

Y dos variedades entre las que los consumidores parecían tener una favorita.

En 1615, Francisco Ximénez dejó escrito que la guayaba se ponía en la mesa y que muchos la consideraban una:

«comida regalada».

Aunque, para desgracia de la primera variedad descrita, también dejó escrito para siempre que olía a chinches.

La siguiente merece mucho la pena: la piña de 1615, que Ximénez describe como tan aromática que una sola fruta dentro de una casa podía hacer que «oliese toda la calle»; además explica cómo se cortaba en rebanadas y cómo se preparaba en conserva para enviarla a España.

Sobre mi

Jose Cuñat autor de Valencia gastronómica. Analizo y escribo recetas y de gastronomía. Amo la sitiología , la gastronomía y sobre todo la paella. Soy bibliógrafo detesto lo desabrido y frugal. Cocimaniaco con calidad

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