Gastro decibelios, sobremesa fallida

Los conflictos acústicos arruinan los propósitos gastronómicos. La zozobra sonora durante una comida se transforma en una ingrata experiencia
Gastro decibelios, sobremesa fallida

Nos proponen una visita guiada para descubrir nuevos locales, dónde ejecutar el legendario «esmorzaret» en una comarca cercana. Nos citan a primera hora de la mañana para realizar la «gymkana gustativa». El sherpa culinario que nos acompaña nos ofrece todas las garantías.

Al abrir la puerta del restaurante un ligero eco nos sorprende. Tras los primeros diez minutos la zozobra sonora y los conflictos auditivos se superponen al almuerzo. «Ehh.. como va todo. Perdón… Ahh.. bien, bien». Abducidos por el sonido perenne y manifiestamente molesto la comida pierde color. Sin partituras, ni imposturas vocales, un almuerzo vital se transforma en una ingrata experiencia.

No pretende ser un retrato ácido. Sólo una reflexión de una realidad constatable donde aparece el lado más visceral de determinada hostelería. El ruidoso ambiente no debe ser un elemento hostelero antropológico y geográfico. No son pegas menores. De poco sirve una oferta culinaria trabajada y un servicio de sala profesional si el ambiente no permite una sobremesa lógica.

No buscamos sobremesas discretas recogidas en salas sinfónicas pero si bares y restaurantes con otros derroteros acústicos. El ambiente de un comedor es la principal fortificación para defenderse del enemigo interno (ruido) de una buena sobremesa y de la invasión acústica que siempre se espera ante la llegada masiva de hordas comensales. Eso para bien o para mal es básico.

La jornada gastronómica no debe verse comprometida por este signo. Protéjanse de estas situaciones. Y a los restaurantes señalados, un humilde consejo aborden la solución de este incómodo paisaje sonoro que distorsiona las miradas gustativas.

Todos conocen las iniciativas que deben tomarse: Falsos techos que absorben el ruido, tejidos milagrosos decorativos que reducen las reverberaciones, etc. Pero quien esto escribe carece de pretensiones técnicas.

Quince días después. Con el recuerdo sonoro aún vivo de la última experiencia, nos adentramos en un restaurante del sur de la provincia de Alicante, tras recibir un soplo culinario. Al llegar a la barra que nos recibe, el sonido nos resulta familiar. Las apariencias sonoras, como cartas de presentación, como suele ocurrir, no engañan.

Se entrecruzan los ecos y reverberaciones de anteriores experiencias. No es posible. Nos espera otra sobremesa ilustrada de bandas sonoras comunes. Que pena. Una comida interesante diluida en el ambiente perturbador del comedor.

Tenemos el raro privilegio de padecer una nueva tormenta de «gastrodecibelios». No podía ser de otra manera. El volumen de las conversaciones se entrecruza mientras el nivel acústico arruina los buenos propósitos gastronómicos.

De forma paralela la comida pierde fuelle gustativo y el temor a una catastrófica sobremesa cala entre los comensales.

«Disculpen las molestias» –nos comentan- «Estamos con el proyecto de mejora acústica. Si quieren pasen al privado». Superadas y olvidadas las controversias sonoras nos enredamos en busca del lado culinario. Pero esa será otra historia.

En la era de la persecución al impacto acústico no habrá paz hostelera para los ruidosos. Para conseguir un ambiente adecuado todos debemos aportar. Incluido los comensales «Bocanegra»: Voceros frustrantes que contaminan acústicamente sesiones difíciles de olvidar.

La conversación agradable es la única banda sonora que debe prevalecer durante la sobremesa. Gastro Decibelios, Sobremesa Fallida.

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