El vendedor de verduras

Rafael Solaz  Salvador se había levantado de madrugada. Los días anteriores fueron duros. El cielo había vomitado toda la lluvia que retenía en su gris despensa. Gota fría decían. Los campos quedaron anegados porque la huerta no fue capaz de engullir aquel diluvio que rebosaba los surcos, las acequias y habían sido borrados los caminos que conducen al infinito.

 Cosecha perdida. Tan sólo algunas verduras se salvaron del aluvión. Salvador, adecuado nombre en este caso, había salido de la alquería cubierto por un saco de yute y el pantalón de pana arremangado cuando aún llovía intensamente. Recogió lo que pudo, unos cuantos matojos por los que asomaban los rábanos, unas lechugas y acelgas, todo bañado por la inundación del desconsuelo y la rabia.

Vendedor-del-mercado.-Lugar-desconocido.-Ca.-1930.
Vendedor del mercado. Lugar desconocido. Ca. 1930.

Pacientemente había secado su escasa mercancía que recobraba el aspecto de intenso verde bañado de lozanía. Cargó las verduras en el carro compartido con su amigo y vecino Boro. Aquel transportaba patatas. Partían de sus alquerías hacia el mercado de la gran ciudad sorteando los grandes charcos del camino de Alboraia hasta llegar a la Vuelta del Riuseñor frente al convento y puente de la Trinidad. Cruzar el río era atravesar el espacio que conducía a la duda. ¿Cuánto vendería hoy? Es la misma pregunta que le había hecho Pepeta, su hija mayor, que a sus trece años se había hecho cargo de la escasa hacienda y también de su hermanito pequeño. Lloraba por su madre que el pasado año marchó a la eternidad.

Salvador llegó a su destino compartiendo sus verduras con otras igualmente mojadas por la esperanza. Frutas en basquets y cestas las acompañaban en ese mercado cantarín, colorista, tumultuoso y arabesco, jaleado por las voces de quienes intentan ofrecer su perjudicada mercancía.

Salvador permanecía sentado pensando en el hoy, en el mañana incierto, en su hija y su pequeño hijo, en Remei, la mujer que durante años le había acompañado junto al campo arrendado, las verduras, las dudas y el carro. Frente a él se hallaba el caballete en el que había depositado su efímera esperanza, aquellos manojos verdes rescatados de madrugada. Son las ocho de la mañana y quizá hoy también llueva.

Jose Cuñat

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